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The Panteón Civil de Dolores

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Los habitantes silenciosos de la Ciudad de México…

 

Ubicado en el corazón de la Tercera Sección del Bosque de Chapultepec, el Panteón de Dolores es algo más que un cementerio lúgubre. Es en realidad una pieza viva de la historia de nuestro país. Ahí están los féretros (vacíos en su mayoría) de Tina Modotti, el General Calles, Venustiano Carranza, Alfonso Reyes y Ángel del Campo, uno de los primeros cronistas de la Ciudad de México.

Este camposanto es el más grande América Latina. Mide 200 hectáreas y tiene 7 millones de habitantes que duermen ahí en el “sueño de los justos”. Se construyó en 1874, lejos de la ciudad para evitar que se propagaran epidemias, como ya había ocurrido en el siglo XVIII con un pequeño cementerio que estaba ubicado en la colonia Doctores.

El primer dueño que tuvo este panteón fue Juan Manuel Benfield, un ostentoso empresario del siglo XIX que se embarcó en esta lucrativa aventura (costaba $300 pesos cada entierro) de los decesos. Esto sucedió gracias a que el Estado le había quitado el monopolio de la muerte a la Iglesia y lo había dejado en manos de la propiedad privada.

Respecto al nombre “Dolores” hay varias teorías acerca de su origen. La más aceptada es la que asegura que se llama así porque se construyó sobre la "tabla de Dolores”, un espacio que antes era usado para cortar carne de res. Asimismo, hay quienes sugieren que el topónimo nació porque la primera tumba que hubo ahí fue la de una señora llamada Dolores Gayosso, madre de Eusebio, el fundador de la famosa funeraria.

Sin embargo, de acuerdo los dichos de algunos cronistas, el primer habitante silencioso de Dolores fue un tal Juan Domingo Gayosso, un soldado republicano que peleó contra la intervención francesa y aparentemente falleció heroicamente defendiendo a la patria en la batalla del 5 de mayo.  

A pesar de haber acompañado la historia de la capital desde hace décadas, el Panteón de Dolores está en el abandono. Al caminar por sus avenidas (algo absurdas) uno descubrirá cientos de lápidas desoladas y sin flores. Tumbas del siglo XIX, llenas de platas y de piedras que tienen grabados nombres incompletos y epitafios que son tan sólo un chiste local del tiempo que quizá nunca entenderemos. Restos de lo que fuimos, quizá en la eterna espera de que alguien los visite un día.

 

Imágenes: MXCity.

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